En la fascinante época en la que se quiere devorar el mundo, en esa dónde asesine las esperanzas de una vida después de ésta, en la que el cuerpo era tan pequeño para guardar tantos sueños e hicieron que mi nariz se volviera mas grande, los testículos y mi verga crecieran solo un poco más de lo que eran antes. En esa época donde se creé en las personas, en la que se ve el mundo como una mierda y creía que era por culpa de los gobernantes. Dónde apareció la filosofía y lo complico todo. Cuando pensaba que era importante que el mundo supiera quien era yo y, trascendental que me escuchara. En esa época. En ese sueño. En esa desesperanza de querer tenerlo todo y no alcanzarlo me di cuenta, que la existencia sería un torniquete que apretaría mi pecho de aquí en adelante y que cada vez sería mayor esa presión sobre mi ser. En ese laberinto de ideas – ¡hijas de puta!, siempre me rayan el cerebro. Maldita razón, “pecado del sapiens” – me revelaron una gran mentira, esta realidad. Esta realidad tan real. Esta maldita realidad que me tiene atado a éste instante, ésta hipócrita realidad, -¡mentirosa!, ¡embustera! –
- Niños vamos hacer un paisaje.
Saquen sus colores, recuerden que el sol es grande y amarillo, el cielo es
azul como el mar y las nubes blancas,
los arboles son verdes y cafés, también el pasto es verde, ¡ah! Las personas
las pueden dibujar de rosado, tiene una hora para hacerlo y se lo vamos a
regalar a los papás así que bien lindos. -
Todos
esos colores que estaban en ese papel que me pidió la primera profesora que
recuerdo haber tenido. Nunca existieron.
